domingo, 10 de marzo de 2013

nuestro amor


¡Tales son, ay, las desgracias del exceso de civilización! A los veinte años, el alma de un joven, en cuanto tenga alguna educación, estará a mil leguas de la idea de abandonarse, sin la que el amor no es en la mayoría de los casos más que la más tediosa de las obligaciones.

Rojo y negro, capítulo 13. Stendhal

sábado, 9 de marzo de 2013

El otro cónclave

Era la madrugada, cuando el sueño de los pacíficos moradores fue bruscamente turbado por estrepitoso ruido de tambores. Echáronse los vecinos de las camas, fueron abrieron todas las puertas y acudieron los voluntarios a la plaza, donde había ya un par de compañías, venidas, según después se supo, de Berga al mando del ex-carnicero Pixola (Don Narciso Abres). Un fraile, puesto en pie en medio de la plaza y entre la gente armada, hizo callar con solemne gesto a los tambores, y enderezó a los solsoneses una arenga diciéndoles que Cataluña se lanzaba a la guerra porque el monarca no gozaba de la libertad necesaria para gobernar el reino. ¡Qué pico de oro! Sin abandonar su tono de sermón, añadió que S. M. había expedido órdenes reservadas autorizando el pronunciamiento e invistiendo de mandos militares a aquellos bravos y piadosísimos cabecillas, los cuales, ¡oh abnegación evangélica! abandonaban sus hogares por defender la Fe de Cristo y el glorioso trono de las Españas.

Un voluntario realista, capítulo VI, Benito Pérez Galdós

viernes, 8 de marzo de 2013

Esencia de felicidad

Por su parte, Julien, desde su llegada al campo había vivido como un verdadero niño, correr tras las mariposas lo había hecho tan feliz como a sus discípulos. Después de tanto forzamiento y tanta maquinación, solo, lejos de las miradas de los hombres, y no temiendo, instintivamente, nada de la señora de Rênal, se entregaba al placer de existir, tan intenso a su edad, en las montañas más hermosas del mundo.


Rojo y negro, capítulo 8. Stendhal.

jueves, 7 de marzo de 2013

Review - Un voluntario realista (Benito Pérez Galdós)

Bien. Un soplo de aire fresco con nuevos personajes, trama y localización. Bastante interesante y ameno. Un lástima que al final se metan con calzador los viejos personajes para unir este libro con los anteriores. Por lo demás uno de los mejores de la serie. Puntuación: 5.7

martes, 5 de marzo de 2013

Islam? No! Españoles hace unos años

-Es lo que me quedaba que oír -añadió con desenvoltura-. ¡Que las sectas y el imperio de los malos puedan derribarse con oraciones! ¡Que una nación invadida por herejes sea limpia por rezos de monjas!... Decir eso es vivir en el Limbo. Bueno es rezar; pero cuando el mal ha tomado proporciones y domina arriba y abajo, en el trono y en la plebe, ¿de qué valen los rezos?... ¿Por qué tantos ascos a la guerra? La guerra impulsada y sostenida por un fin santo es necesaria, y Dios mismo no la puede condenar. ¿Cómo ha de condenarla, si él mismo ha puesto la espada en la mano de los hombres, cuando ha sido menester? Nos asustamos de la guerra, y la vemos en toda la historia de nuestra Fe, desde que hubo un pueblo elegido. ¿No peleó Josué, no peleó Matatías gran sacerdote, no pelearon los Macabeos y el santo rey David? Bonito papel habría hecho San Fernando si en vez de arremeter espada en mano contra los moros, se hubiera puesto a rezar, esperando vencerlos con rosarios. No es tan mala la guerra, cuando un apóstol de Jesucristo se dignó tomar parte en ella, con su manto de peregrino y caballero en un caballo blanco,repartiendo tajos y pescozones. La guerra contra infieles y herejes es santa y noble. ¡Benditos los que mueren en ella, que es como morir en olor de santidad! En el cielo hay lugar placentero destinado a los valientes que han sucumbido peleando por Dios

Un voluntario realista, capitulo V, Benito Pérez Galdós

lunes, 4 de marzo de 2013

cosas de la moral cristiana...

Tampoco he santificado las fiestas como está mandado... desidia, pura desidia y abandono. En el cuarto, ¿qué he de decir sino que jamás he faltado a él ni en pensamiento? Pues en lo de matar, si alguien perdió por mí la vida fue en leal acción de guerra y cuando el honor de mi bandera me lo mandaba así. No obstante, un pecado grave tengo en lo tocante a este mandamiento, y ese lo voy a confesar aquí con la boca y con el corazón, porque ha tiempo pesa sobre mi conciencia, y aunque estoy muy arrepentido, paréceme que jamás logro echar de mí la mancha y peso que me dejó. Hallándose preso y encadenado un vecino mío, padre de esta joven que me acompaña, pidió un vaso de agua y se lo negué.

El terror de 1824 XXVIII, Benito Pérez Galdós

domingo, 3 de marzo de 2013

Un orador de verdad

-Silencio -gritó Chaperón bruscamente-. Responda usted a lo que le pregunto. ¿Cómo se llama usted?
-Excusada pregunta es esa -repuso con aplomo y dignidad D. Patricio-, pues todo el mundo sabe en Madrid y fuera de él que soy Patricio Sarmiento, adalid incansable de la idea liberal, compañero de Riego, amigo de todos los patriotas, defensor de todas las Constituciones, amparo de la democracia, terror del despotismo. Soy el que jamás tembló delante de los tiranos, el que no tiene en su corazón una sola fibra que no grite libertad, y el que aun después de muerto sacará la cabeza del sepulcro para gritar...
-Basta -dijo Chaperón, notando que las palabras del reo provocaban murmullos-. Charlatán es el viejo... Responda usted. ¿Conoce a esta joven?
-¿Que si la conozco? Que si conozco a Sola... Si no temiera faltar al respeto que debo a todo juez quienquiera que sea, diría que es necia pregunta la que Vuecencia acaba de hacerme. Esta es mi hija adoptiva, mi ángel de la guarda, mi amparo, mi compañera de vida, de muerte, de cielo y de inmortalidad. Dios, que dispone todas las grandezas, así como el hombre es autor de todas las pequeñeces, ha dispuesto que este ángel divino me acompañe también ahora. ¡Admirable solución de la Providencia! Yo creí haberla perdido y la encuentro junto a mí en la hora culminante de mi vida, cuando se cumple mi destino; aparece a mi lado, no para darme esos triviales consuelos que no necesita mi corazón magnánimo, sino para compartir mi sacrificio y con mi sacrificio mi gloria. Adelante, señores jueces,adelante. Acaben ustedes. Soledad y yo nos declaramos reos de amor a la libertad, nos declaramos dignos de caer bajo vuestras manos, y confesamos haber trabajado por el triunfo del santo principio, ahora y antes y siempre, porque para ello nacimos y por ello morimos

El terror de 1824, capítulo XVIII, Benito Pérez Galdós